Mientras Guadalajara se prepara para el segundo partido de México en el Mundial 2026, Teresa sigue esperando a su hija

2026-06-15 11:08:29 - MUNDO


Miles de aficionados comenzaron a llegar a Guadalajara, Jalisco, para ver algunos de los partidos de la Copa del Mundo de 2026.

Llegarán españoles y uruguayos, cuyas selecciones se enfrentan en la capital tapatía. Llegarán estadounidenses, franceses, alemanes, mexicanos de diferentes partes del país, y miles de aficionados al futbol. Recorrerán el Centro Histórico, visitarán la Catedral Metropolitana, se fotografiarán junto al reloj que marcó la cuenta regresiva y llenarán los alrededores del imponente estadio Akron.

Teresa Lomelí no tiene nada en contra de ellos.

Tampoco contra el futbol.

Ni contra el Mundial 2026.

Lo único que pide es que conozcan la realidad del lugar al que vienen.

—Deberían saber toda la cantidad de desaparecidos que hay aquí —dice en una entrevista, sentada en el sofá de su casa, en Guadalajara.

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La frase no nace de una postura política o ideológica. Nace de una ausencia: la de su hija Alejandra Guadalupe Campos Lomelí. Una ausencia, lamenta la mujer entornando ligeramente los ojos, que dura ya más de cuatro años.

El 3 de marzo de 2022, Alejandra salió de casa rumbo a una cita médica en la colonia Villa Verona. Su pareja, Gabriel Moreno, la acompañó.

Ninguno de los dos volvió. Desde entonces, Teresa cuenta que vive atrapada en una espera que no termina. Ni una llamada. Ni una exigencia de rescate. Ni una pista. Nada.

—Parece como si se la hubiera tragado la tierra.

Alejandra tenía 29 años cuando desapareció. Era madre de una niña de dos años, que ahora ya tiene seis. Hoy sigue esperando a su mamá.

Cuando Teresa habla rodeada de fotografías de su hija, insiste en una idea.

Que era una muchacha de casa. Una joven dedicada a su hija. Muy apegada a su familia. No era de fiestas o desvelos.

—Si le pasaba cualquier cosa, luego luego me hablaba. Siempre era “mamá, mamá” —sonríe Teresa ante el recuerdo. 

Por eso la desaparición le resulta todavía más difícil de entender. Es que no hay una explicación, insiste. No hay un contexto que la ayude a comprender lo ocurrido. Simplemente un día salió. Y desapareció.

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Como tantas otras personas en Jalisco.

Al cierre de 2025, más de 16 mil hombres, mujeres y adolescentes permanecían desaparecidos o no localizados en la entidad, la cifra más alta del país.

Detrás de cada expediente hay una historia. Y detrás de cada historia hay, como en el caso de Teresa y su hija Alejandra, una familia que sigue esperando.

Teresa cuenta que, durante años, escuchó hablar de desapariciones. Sabía que existían. Veía las noticias, como la mayoría. Pero nunca pensó que aquello pudiera tocar su puerta.

—Yo vivía en mi mundo.

La frase la repite varias veces durante la conversación. No porque se sienta orgullosa de ello, matiza. Al contrario. Porque ahora le cuesta entender cómo pudo convivir con aquella realidad sin verla.

—Yo sabía que había desapariciones, pero no me enfocaba en eso. Hasta que me pasó. Entonces empecé a ver cómo estaba todo y me pregunté: “¿Cómo es posible que yo no me diera cuenta?”.

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Desde entonces ha conocido a decenas de madres buscadoras. Ha participado en búsquedas. Ha pegado fichas en postes y puentes. Ha recorrido oficinas gubernamentales. Y también ha descubierto algo que muchas familias repiten: el dolor no siempre acerca a las personas, a veces las aleja.

—Hay amistades que me dicen que no saben qué decirme. Yo les respondo que no tienen que decir nada. A veces basta con un abrazo.

Teresa encoge los hombros y se queda por unos segundos viendo a la cámara sin decir nada.

Hay una parte de la historia que a Teresa le cuesta especialmente contar.

La de su nieta.

La niña tenía apenas dos años cuando desapareció Alejandra. Ahora tiene seis. Y en ocasiones, cuenta Teresa, despierta llorando.

—Dice que vino su mamá. Que le dijo que la quiere.

La mujer guarda silencio de nuevo por unos segundos. Su nieta es una niña con autismo. Y una de las preguntas más difíciles de responder sigue siendo la misma: ¿Dónde está su mamá?

La respuesta continúa siendo un vacío.

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Teresa señala a continuación una fotografía que está sobre un buró de madera. En ella se aprecia a su hija Alejandra, su pareja y a la niña. La toma con delicadeza y la acaricia para dejarla de nuevo sobre la mesita. 

Poco después, la conversación se desvía hacia el tema inevitable en estos días: la Copa del Mundo de futbol

Cuando se le pregunta por su opinión, Teresa recalca que ella no pide que cancelen el Mundial. No pide que los turistas dejen de venir. Tampoco que la gente deje de celebrar la fiesta del futbol. Lo único que pide, subraya sujetando la fotografía de su hija desaparecida, es que miren más allá de los estadios.

Que sepan que detrás de las pantallas gigantes, de las zonas para aficionados y de las campañas que presentan a Guadalajara como una ciudad lista para recibir al mundo, existe otra realidad: la de miles de familias que siguen buscando y la de madres que pegan fichas de búsqueda mientras la ciudad disfruta la fiesta.

—Deberían saber toda la problemática que hay y toda la cantidad de desaparecidos que existen en Jalisco.

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Miles  de personas comenzaron a aterrizar en Guadalajara para disfrutar del Mundial.

Mientras, Teresa seguirá esperando una llamada. Una pista. Lo que sea que, a estas alturas, la dirija al paradero de su hija. Algo que le permita saber qué ocurrió con Alejandra.

Porque después de cuatro años, todavía no sabe nada de su hija.

Y esa incertidumbre, dice, es la parte más difícil de todas.

—Parece como si se la hubiera tragado la tierra.


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