2026-06-17 09:33:29 - MUNDO
La selección Colombia disputará su primer partido del Mundial 2026 frente a Uzbekistán. Pero esta vez, la emoción propia del debut mundialista coincide con otro momento decisivo para el país: la segunda vuelta presidencial que se celebrará el próximo 21 de junio.
Y aunque sí, el fútbol es profundamente político—basta pensar en cómo ha servido para hablar de identidad, memoria, resistencia o incluso reconciliación—, una parte de la población colombiana considera que una cosa es reconocer esa dimensión política del deporte y otra muy distinta convertir la camiseta de la selección en un emblema partidista. Por eso, en Colombia el debate alrededor del jersey amarillo se ha convertido en una de las discusiones más inesperadas del Mundial.
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En la segunda vuelta presidencial se enfrentarán Iván Cepeda, representante de un proyecto progresista, y Abelardo de la Espriella, candidato de ultraderecha cuyo discurso se ha construido alrededor de conceptos como la defensa de la patria, la seguridad y el orden y quien además dicho en sus palabras ha prometido "destripar a la izquierda".
Más allá de resumir los programas de gobierno de ambos candidatos, el "chismecito" mundialista está en otro lado: la camiseta de la Selección Colombia.
De la Espriella, apodado por sí mismo como "El Tigre", comenzó a aparecer de manera recurrente con el jersey amarillo en videos, actos públicos y eventos de campaña. Su lema, "¡Firmes por la patria!", terminó asociándose visualmente con la prenda y, poco a poco, muchos de sus simpatizantes adoptaron la camiseta como distintivo político.
Durante la primera vuelta no era extraño ver a votantes acudir a las urnas vistiendo el jersey de la selección. Lo que para algunos era una expresión legítima de patriotismo, para otros fue una apropiación de un símbolo que representa a millones de colombianos con ideologías muy distintas.
Frenta los usos, la controversia escaló rápidamente.
Iván Cepeda cuestionó públicamente el uso electoral de la camiseta y preguntó por qué se estaba utilizando la imagen de la Selección Colombia con fines proselitistas. La discusión llegó incluso a los tribunales: un ciudadano presentó una acción de tutela argumentando que el uso partidista de la camiseta afectaba principios como la igualdad y el derecho a elegir sin presiones simbólicas.
Un juzgado de Bogotá ordenó inicialmente a De la Espriella y a su movimiento abstenerse de utilizar la camiseta oficial de la selección en actos y publicidad política mientras estudiaba el caso. La medida incluía redes sociales, piezas de campaña y apariciones públicas.
Sin embargo, días después la restricción fue revocada. La justicia concluyó que la competencia para determinar eventuales sanciones en materia electoral correspondía a otras autoridades, por lo que el candidato pudo continuar utilizándola.
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En medio de la polémica, la Federación también decidió pronunciarse través de un comunicado en el que recordó que la camiseta y los signos distintivos de la selección "constituyen un ícono de unidad" y reiteró que la institución no apoya ni respalda campañas políticas de ningún sector.
Además, pidió evitar el uso de la imagen de la selección en escenarios de confrontación partidista. El mensaje apuntaba a una idea sencilla: la selección representa a un país entero, no a una corriente ideológica específica.
Frente a esto, los contrincantes de De la Espriella, quienes no se sienten identificados con el o que quieren mantener el futbol distante de la campaña electoral han optado por varias alternativas:
La primera es portarla y resignificarle lejos de discusiones políticas, recordando que pertenece a todos los colombianos y no a una campaña electoral.
Otras recurrieron a camisetas históricas. En redes sociales se popularizaron los jerseys de Italia 90 o del año 2001, modelos asociados a figuras icónicas como Carlos "El Pibe" Valderrama y alejados del debate actual.
También surgieron iniciativas de intervención artística. En distintas ciudades colombianas, e incluso en la Ciudad de México, colectivos convocaron jornadas de serigrafía para transformar las camisetas con rostros y mensajes alternativos. Uno de los personajes más utilizados fue Jaime Garzón, humorista, periodista y activista asesinado en 1999, recordado por su apuestó por el diálogo, la pedagogía y la paz.
Entre sus trabajos más emblemáticos estuvo la adaptación de la Constitución colombiana para comunidades indígenas. El artículo 12, que establece que "nadie será sometido a desaparición forzada, a torturas ni a tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes", fue traducido como:
"Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie ni hacerle mal en su persona aunque piense o diga lo contrario".
Para muchos, recuperar la figura de Garzón fue una manera de responder a la apropiación partidista de la camiseta con otro tipo de imaginarios: menos ligados a la confrontación y más a la conversación democrática.
Lo ocurrido en Colombia no es un caso aislado.
En Brasil por ejemplo, durante el gobierno de Jair Bolsonaro, la emblemática camiseta amarilla de "La Canarinha" también terminó asociándose con la extrema derecha. De esta forma, lo que durante décadas había funcionado como un símbolo de orgullo nacional comenzó a generar incomodidad en sectores que dejaron de usarla para evitar ser identificados políticamente con Bolsonaro.
La pregunta que deja el caso colombiano no tiene una respuesta sencilla pues quizá el problema no sea que el fútbol sea político. Siempre lo ha sido. La cuestión es qué ocurre cuando un símbolo que millones sienten como propio deja de representar la diversidad de quienes lo habitan y empieza a leerse como la camiseta de un solo bando.
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