2026-06-26 17:00:29 - MUNDO
A las 18.03 del miércoles pasado, el celular de Luis Reyes comenzó a emitir una alarma desconocida. Era una alerta advirtiendo sobre un sismo inminente, pero él no llegó a verla. Apenas diez segundos después, su edificio comenzó a moverse. Primero fueron sacudidas leves y enseguida llegaron los golpes más violentos. “Comencé a chocarme contra las paredes; me movía para adelante y para atrás”, contó a LA NACION.
Frente a él estaba María Alicia Zurli Giraud Billoud, una mujer argentina, de 79 años, a la que él, venezolano, cuida desde hace tres años. Por cuestiones de salud, ella ya no puede caminar. “María Alicia estaba en su camilla, que comenzó a rodar por todo el apartamento. Pensábamos que el edificio se nos iba a caer encima. Comenzamos a gritar. No teníamos otra opción”, relató.
Afuera, los dos terremotos que acababan de sacudir Venezuela ya comenzaban a dejar una estela de destrucción que, con el correr de las horas, se traduciría en cientos de muertos, miles de heridos y decenas de miles de desaparecidos.
Hoy, mientras el país intenta dimensionar la magnitud de la tragedia, comienzan a trascender historias de distintos argentinos que, como María Alicia, vivieron los sismos desde algunas de las regiones venezolanas más afectadas. Entre ellos se encuentra Alejandro Araoz, de 37 años, que había llegado a Caracas apenas 48 horas antes del desastre y quedó atrapado en una zona montañosa cuando comenzaron las sacudidas.
El porteño, que es coach de liderazgo en empresas, había viajado a Venezuela el lunes junto a Elba, su pareja, en ocasión del casamiento de su cuñado, que vive allí. El miércoles decidieron recorrer San Antonio de los Altos, una zona ubicada en las afueras de Caracas. Pasaban el día en un centro de rescate animal emplazado en la ladera de una montaña cuando, cerca de las 18, llegó el primer temblor.
“Duró unos 40 segundos. Pensamos que la montaña se venía abajo y que la casa donde estábamos iba a colapsar”, contó a LA NACION. Al principio creyó que podía tratarse de un temblor aislado, pero bastó con observar la expresión del hombre que los recibía en la vivienda para comprender que la situación era mucho más grave. El dueño de casa se levantó de inmediato y les pidió que permanecieran atentos.
El segundo terremoto volvió a sacudir la zona con fuerza y el hombre les ordenó abandonar la vivienda. Araoz y el resto del grupo intentaron encontrar un lugar seguro, aunque prácticamente no existía: la casa estaba construida sobre la montaña y cualquier desprendimiento podía caer sobre ellos. Al mismo tiempo, trataban de recuperar algunos de los animales que permanecían en el predio. “Fue un momento de conmoción, casi de shock. No sabía qué hacer, para dónde ir ni a quién intentar ayudar primero”, recordó.
Después de atravesar el momento más crítico, lograron regresar hacia Caracas. Allí encontraron una ciudad completamente distinta a la que habían conocido dos días antes. Ambulancias circulando sin descanso, escombros por todos lados y vecinos organizándose para asistir a quienes perdieron sus casas.
“Cada cinco minutos pasa una ambulancia. Todavía siguen removiendo escombros y hay muchísima gente movilizándose para ayudar”, describió.
Aunque la capital también sufrió daños, las escenas más dramáticas se concentran en La Guaira y otras localidades cercanas, donde el derrumbe de cientos de edificios mantiene a miles de familias buscando noticias de sus seres queridos. Entre los desaparecidos se encuentra el tío de una amiga de Araoz, que vive en una de las zonas más afectadas y todavía no ha logrado ser contactado por su familia.
La conmoción, cuenta el argentino, también se percibe en las plazas, donde muchas familias decidieron instalar carpas o improvisar refugios por temor a un nuevo terremoto. Vecinos reparten comida, mantas y agua entre quienes ya no pueden regresar a sus viviendas, mientras otros aprovechan el caos para cometer robos y saqueos, contó. “La tensión es enorme. Hay mucha solidaridad, pero también personas que están aprovechando la situación para delinquir”, señaló.
La falta de infraestructura fue otra de las imágenes que más lo impactó. “La gente remueve escombros con las manos, sin guantes, con palas o piquetas. Es todo muy precario. Los bomberos y el sistema de emergencia no están preparados para una tragedia de esta magnitud”, sostuvo.
La incomunicación agravó todavía más esas primeras horas. El corte de electricidad dejó fuera de servicio las redes de telefonía e Internet y, recién cerca de las 10 de la mañana del jueves, volvió a recuperar señal. Hasta entonces su familia en la Argentina no sabía qué había ocurrido con él.
“No pudimos avisar que estábamos bien. Recién varias horas después logramos mandar un mensaje a través de una amiga para que mi hermana pudiera avisarle al resto de la familia”, recordó.
A varios kilómetros de allí, la mendocina María Alicia, que emigró a Venezuela hace casi cinco décadas, y su cuidador, Luis Reyes, atravesaron los temblores con desesperación: debían salir del edificio, pero la mujer no podía caminar.
Cuando las sacudidas disminuyeron, Reyes sentó a la mujer en la silla de ruedas y comenzó a bajar. “Mi instinto me dijo que había que sacarla inmediatamente. Gracias a Dios logramos salir”, cuenta.
María Alicia vive en Caracas desde 1978, cuando dejó la Argentina junto a su esposo. Años después, se divorció y permaneció viviendo sola en Venezuela. Trabajó como empleada en un centro comercial hasta jubilarse. Hace varios años, comenzó a tener problemas de salud. Posteriormente, tras una fractura de cadera que la dejó postrada, comenzó a recibir la asistencia de Reyes, quien hoy vive con ella.
Las primeras horas las pasaron sobre un colchón improvisado en la calle. El departamento quedó completamente desordenado por el terremoto. Ahora están durmiendo provisoriamente en casa de un conocido, a la espera de conocer cuál será el estado definitivo de su edificio y cuándo podrán regresar.
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