Así se gestó el imaginario del mundo sobre México como destino

2026-06-25 01:28:29 - MUNDO


Cada vez que México debe posar para millones de miradas alrededor del mundo, las pantallas se llenan de pirámides, volcanes, mercados, iglesias, playas, máscaras, luchadores, pueblos coloniales y rebozos, como si existiera un manual silencioso sobre las imágenes autorizadas para representar al país.

Pero ese repertorio no nació de manera espontánea. Fue construido durante décadas por pintores, fotógrafos, editores, diseñadores, promotores turísticos e instituciones públicas, y hoy se puede recorrer, casi como una arqueología de la identidad que elegimos proyectar al exterior, en la exposición “México: Ruta y destino”, con la que el Museo Nacional de Arte (Munal) reabrió sus puertas recién, tras dos semanas de haber permanecido cerrado por la presencia de manifestantes en las calles aledañas.

La muestra reúne alrededor de 380 pinturas, fotografías, impresos, mapas, carteles y objetos producidos principalmente entre los años posteriores a la Revolución Mexicana y el llamado "milagro mexicano", cuando el país consolidó una imagen de modernidad que también funcionó como estrategia diplomática y turística.

Más que seguir una cronología estricta, “México: Ruta y destino” indaga cómo el arte, las políticas culturales y la industria del viaje participaron en la construcción de una idea de México que, con el paso del tiempo, terminó por adquirir un carácter casi canónico.

Entre las primeras piezas de la muestra sobresale uno de esos cuadros de técnica inconfundible cuya estética quedó grabada en la memoria visual mexicana: “La criolla del rebozo” (1916), de Saturnino Herrán.

En esta escena, una joven de evidentes rasgos mestizos aparece apenas cubierta por un rebozo, sosteniendo un plato de frutas frente al Sagrario de la Catedral Metropolitana, con su exuberante ornamentación churrigueresca y sus tonos rojizos.

La composición reúne varios de los elementos que marcarían el imaginario nacional durante el siglo XX: el mestizaje, la religiosidad, la abundancia y una sensualidad contenida por el peso de la tradición. Lo mismo sucede con el rebozo, una prenda mestiza por definición al surgir de la fusión entre el ayate indígena y la mantilla española.

La obra dialoga con fotografías de Guillermo Kahlo. En ellas, la arquitectura monumental y la presencia constante de templos católicos ayudan a comprender la imagen de un país que buscaba proyectarse como heredero de un esplendor histórico y cultural.

Pero si hubiera que elegir una sola imagen para resumir el espíritu de la exposición, probablemente sería “El perico” (1927), de Jorge González Camarena, la obra que recibe al visitante desde los primeros pasos del recorrido.

La pintura muestra a una mujer tehuana rodeada de frutas tropicales y acompañada por un perico de intenso colorido. Realizada cuando el artista apenas rondaba los veinte años, la obra reúne varios de los elementos que marcarían la iconografía nacionalista del siglo XX y que terminarían por trascender los museos para instalarse en la cultura visual cotidiana.

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La exposición demuestra que México no sólo aprendió a promocionar sus paisajes, también convirtió a sus habitantes en símbolos, para bien y para mal, de una narrativa nacional que resultó tan influyente dentro del país como fácilmente exportable al extranjero.

Hombres con sarape y huaraches cargando bidones, artesanos que pintan máscaras, músicos populares o vendedores sentados sobre el suelo aparecen una y otra vez en publicaciones como el primer volumen de la revista México, editada en 1941 por el Departamento del Distrito Federal y la Asociación Mexicana de Turismo, así como en las portadas de Nuestro México y Las Artes Populares en México.

La misma lógica se reproduce en Mexican Folk-Ways, la revista editada en Nueva York e ilustrada por Diego Rivera, que ayudó a difundir en el extranjero una imagen del país donde el folclor, los oficios y las tradiciones ocupaban un lugar central.

Otro de los núcleos más sugerentes de la exposición explora la manera en que ferrocarriles, carreteras, guías de viaje y mapas transformaron la percepción del territorio mexicano.

Una litografía a color publicada en 1931 por Fischgrund Publishing —aunque no lo parezca, una casa editorial fundada en la Ciudad de México apenas un año antes— sintetiza esa intención: sobre el mapa nacional aparecen pequeñas escenas que condensan regiones enteras, desde la Catedral de Guadalajara junto al lago de Chapala hasta las ruinas de Chichén Itzá, cuando la pirámide de Kukulkán todavía no era el emblema de la península.

Por todos lados aparecen diminutos personajes que funcionan como postales de bolsillo.

Pero hay una ausencia que llama la atención. Donde hoy millones de viajeros ubican inmediatamente a Cancún, el mapa muestra un Quintana Roo prácticamente vacío. En su lugar aparece un solitario soldado español ataviado como en el siglo XVI, perdido en un paisaje sin hoteles, sin playas de fama internacional y sin rastro alguno del destino turístico que décadas después se convertiría en uno de los mayores escaparates del país.

La exotización del país durante buena parte del siglo XX no fue un secreto a voces, sino una estrategia cuidadosamente construida.

Uno de los carteles más elocuentes de la muestra, realizado por el español José Espert Arcos para National Railways of Mexico, reúne una catedral exuberante, un pueblo de tejas rojas, un conjunto de pirámides, varios cactus y un ferrocarril atravesando el paisaje bajo una consigna imposible de ignorar: "Mysterious... Colorful... Exotic... Mexico!".

A un costado aparecen dos fotografías de la Agencia Casasola sobre la Carrera Panamericana de 1954, apenas en su quinta edición, donde los automóviles deportivos parecen pequeñas naves futuristas atravesando un país que también quería asociar la velocidad con el progreso.

Más adelante, imágenes como "Hotel Alameda" (ca. 1964), de Antonio Caballero, muestran una Ciudad de México vertical y vibrante, mientras Acapulco comienza a consolidarse como el gran símbolo del turismo internacional.

El recorrido concluye con artistas como Vlady, Josep Bartolí, Angelina Beloff, Miguel Covarrubias o Ángeles Garduño, quienes intervinieron mapas carreteros, carteles y guías de viaje para demostrar que esos objetos de circulación cotidiana también podían convertirse en materia artística.

Mientras el país no para de recibir visitantes y cámaras de todo el mundo como el gran foco del Mundial, el Museo Nacional de Arte propone una pregunta que trasciende la exposición: si tuviéramos que volver a inventar la imagen de México, ¿seguiríamos eligiendo exactamente los mismos símbolos?

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El mural "Mapa de Producción de la República Mexicana (Rutas marítimas)”, autoría de Miguel Covarrubias, ha vuelto a exhibirse en esta exposición del Munal tras una restauración por los daños que recibió en el sismo de 1985, es decIr que permaneció bajo resguardo por prácticamente cuatro décadas.

Museo Nacional de Arte

Tacuba 8, Centro Histórico, Ciudad de México

Hasta el 14 de febrero de 2027.

De martes a domingo

De 10:00 a 18:00 horas

Costo: 95 pesos

380 piezas integran la exposición entre pinturas, fotografías, mapas, carteles, revistas, objetos, mobiliario y joyería.

4 núcleos temáticos:

Imaginarios

Rutas y destinos

Cuerpos turísticos

Epílogo

Fuente: google.com


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